Democracia: enemigos íntimos + Las falacias de AMLO-PRI-132
Ante la pasividad del sistema político para entrar al debate, la
coalición neopopulista de López Obrador ha convertido el concepto de democracia
en su bandera. Sin embargo, democracia es la protesta poselectoral como
democracia es el valor de las instituciones electorales.
En sus argumentaciones esquemáticas, rebeldes e institucionales el
tabasqueño ha aplicado el modelo conocido como sofisma populista o argumentum
ad populum o argumento dirigido al pueblo: López Obrador dice que su democracia
es para todos pero los promotores del institucionalismo suponen ese mismo
objetivo. Sin embargo, la realidad es que la sociedad mexicana está dividida
y no hay más camino democrático que
encontrar el aristotélico justo medio.
y no hay más camino democrático que
encontrar el aristotélico justo medio.
El problema de la transición mexicana fue la escasez de una nueva
gramática de la democracia. Los transicionistas supusieron resuelto el problema
con la sola transición, sin entender que el PRI tardó tres generaciones en
imponer su lenguaje político. En este contexto, la sociedad mexicana se
equivocó al analizar la realidad de la transición-alternancia con el lenguaje
del pasado priísta.
Sin embargo, la discusión real sobre la verdadera democracia se abrió en
México a mediados del siglo XIX con el debate constitucional en plena invasión
estadunidense. El joven diputado Mariano Otero en 1847 aportó la clave para
entender la funcionalidad de una democracia: no la victoria de la mayoría sino
el reconocimiento de la minoría. La teoría de las minorías de Otero se basaba
en la urgencia de reflejar en la composición de las instituciones de gobierno
la pluralidad existente en la sociedad. Ahí México sentó la base teórica de su
rechazo a las dictaduras.
La ausencia de un modelo de participación de las minorías ha pervertido
las diferentes reorganizaciones del poder político. La falacia de López Obrador
con su argumento de “patria para todos” es obvia porque todos tienen cabida en
la patria actual; y si se refiere a que una minoría se imponga sobre la
mayoría, su modelo populista es al revés: que una mayoría aplaste a la minoría,
con lo que al final la patria no será para todos.
Y la falacia de los institucionalistas trata de imponer resultados
legales sin atender las exigencias de las minorías derrotadas. En materia de
derechos sociales, los sistemas políticos encontraron en las oficinas de
derechos humanos una salida a los intereses de las minorías reprimidas, por lo
que las instituciones electorales deben encontrar fórmulas de atención a las
quejas más allá de la rigidez de las leyes.
En el fondo, los sistemas democráticos no saben cómo lidiar con los
nuevos actores políticos, todos ellos marginados en el pasado. Pero como dice
Tsvetan Todorov, filósofo, historiador y politólogo, la democracia ha abierto
las puertas a sus enemigos. Y se trata de sectores sociales activos que exigen
democracia pero para acabar con las reglas de la democracia como sistema de
equilibrio entre mayorías y minorías.
En su último ensayo, Los enemigos íntimos de la democracia, Todorov
señala a esos adversarios internos de la democracia: el populismo, el
ultraliberalismo y el mesianismo. “La democracia está enferma de desmesura, la
libertad pasa por tiranía, el pueblo se transforma en masa manipulable, y el
deseo de defender el progreso se convierte en espíritu de cruzada”. “Vivir en
una democracia sigue siendo preferible a la sumisión de un Estado totalitario,
una dictadura militar o un régimen feudal oscurantista, pero la democracia,
carcomida por sus enemigos íntimos, que ella misma engendra, ya no está a la
altura de sus promesas”. Lo paradójico es que esas desmesuras han sido
engendradas por los temas centrales de la democracia: progreso, libertad y
pueblo.
La democracia ha dejado de ser un sistema de equilibrios sociales y
políticos para convertirse en una bandera. Por ejemplo, los jóvenes-viejos del
YoSoy132 exigen la democracia pero usan la libertad para mostrar los indicios
de ideologías totalitarias del yo o nada y para ellos la democracia es violar
las reglas de la democracia existente, sin que existe de por medio cuando menos
una iniciativa de reforma para la instauración democrática. Como vándalos toman
la calle para amenazar con impedir la toma de posesión de Peña Nieto…, en
nombre de la democracia.
Al final, en proceso de transición violenta, la democracia se convierte
en una coartada para paradójicamente liquidar la democracia. Ello ha ocurrido
con las revoluciones triunfantes que combatieron dictaduras en nombre de la
democracia pero para instaurar regímenes totalitarios en “nombre del pueblo”
pero con la aplicación de la exclusión ideológica que es el principal defecto
de las dictaduras: Cuba, Corea del Norte, China, Unión Soviética, Chile
militarizado, España franquista, Nicaragua sandinista.
Las transiciones son la vía ordenada para pasar de una dictadura a una
democracia pero “de la ley a la ley”; a diferencia de las revoluciones que
imponen un sistema totalitario para sustituir dictaduras, las transiciones
exigen acuerdos plurales para el proceso conocido como instauración
democrática. Ahí falló el PAN durante doce años y también falló el PRI al
atrincherarse en la defensa del viejo modelo político priísta.
México está pagando con conflictos poselectorales el fracaso de la
transición: los neopopulistas se rigen por el mesianismo y no por las reglas y
los institucionalistas se escudan en la ley, ambos en nombre de la democracia
pero sin cumplir con las reglas de la democracia. Y la sociedad, pasiva, queda
atrapada entre los extremismos no democráticos.
Por Carlos Ramírez.
Post. RLB. Punto Político.
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